Oh Aviábalos, con la mayor inconsciencia marchas hacia el constante peligro de estar situado en alguna parte.
Sólo eres un efímero pasajero sin destino,
Por una calle casi sin nombre en una ciudad a la que sólo queda el nombre.
Oh ciudad bella como el aburrimiento, agotada para el asombro,
Que manejas asiduamente las maravillas de la mentira,
Ciudad que ocultas un vacío en el lugar donde se guardan los secretos,
Pero que resultas madre esplendorosa para tus hijos
Siempre que llenen de monedas el tragamonedas, siempre que tengan un tragamonedas propio.
Mediante un exquisito sistema de exasperación
Se logra la leviatación de la pena, la conversión del hambre en canto, la mutación de las lágrimas en llamas
Hechos todos que no se explican sólo porque vivimos entre milagros.
Ése es el momento en que Aviábalos llega fatigado al final de la calle,
Donde nuevamente tropieza con el espejo,
Y allí le pregunta a su imágen si es inocente o bribón.
Te lo diré yo, Aviábalos, te lo diré con una sonrisa rechinante,
Te diré que eres como todo el mundo, bastante impostor y bribón,
Aunque simules sentir piedad por los miserables,
Te diré que no eres importante, sólo eres nada,
Pero que al ser nada estás en la mejor disposición para llegar a ser todo.
Oh, Aviábalos, en voz mucho mas baja te diré,
Que tu verdadero secreto está encerrado en tu mano derecha,
La que siempre llevas apretada y se mueve
Acompasadamente cuando marchas.
Si abres esa mano encontrarás una cosa muy pequeña, algo de lo que nunca podrás desprenderte,
Y al examinarla de cerca reconocerás en ella una forma perfecta,
Una forma indómita, inmaterial y concreta,
La forma única que condensa
Tu infinita y personal soledad.
ALDO PELLEGRINI


entonces si era cierto
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