4.9.10

tu voz
en este no poder salirse las cosas
de mi mirada
ellas me desposeen
hacen de mí un barco sobre un río de piedras
si no es tu voz
lluvia sola en mi silencio de fiebres
tú me desatas los ojos
y por favor
que me hables
siempre

1.9.10

Desconsolada en medio de un mundo vacío donde imperaba el miedo, se quedó allí sentada, con los ojos demasiado secos y doloridos para el llanto, pero sintiendo un frío tan gélido como si tuviera una capa de hielo adherida a la carne. Miraba a su alrededor sin ver nada. El horror que acecha en la paz del mediodía, cuando los árboles se yerguen inmóviles iluminados por un resplandor artificial, reinaba a su alrededor. Sentía su presencia delante y detrás de ella. Más allá de aquel silencio furtivo, justo en sus márgenes, discurrían aquellos seres de otro mundo. Pero ella era incapaz de percibirlos.

28.8.10

entre momentos que no existieron yo navega
acaricia gestos ausentes
se recuesta se retuerce
se estremece se espanta
enloquece
la expresión se torna inalcanzable
todo se escapa
todo se reintegra y se empecina en
convertirse en decadencia y lágrimas
extranjera es yo.
no solo en las manos

debajo de la piel, de las uñas
entre los pelos, en la mirada
y ya dentro del corazón

tijeras
y alfileres vidrios murales garras

todo destroza

24.8.10

las horas de vigilia
son un interminable rechazo del pensamiento por el pensamiento,
son la conciencia exasperada por ella misma,
una declaración de guerra.
caminar impide rumiar interrogaciones sin respuesta,
mientras que en la cama se cavila sobre lo insoluble
hasta el vértigo.

22.8.10

la rabia me desangra cada vez que bombean mis recuerdos

18.8.10

Para no ser esclavo de una única morada, para no ser esclavo de sí mismo, Aviábalos aceleraba el paso en busca ya no de la felicidad sino de la calma. Así avanzaba por la calle que conducía a su condena.
Oh Aviábalos, con la mayor inconsciencia marchas hacia el constante peligro de estar situado en alguna parte.
Sólo eres un efímero pasajero sin destino,
Por una calle casi sin nombre en una ciudad a la que sólo queda el nombre.
Oh ciudad bella como el aburrimiento, agotada para el asombro,
Que manejas asiduamente las maravillas de la mentira,
Ciudad que ocultas un vacío en el lugar donde se guardan los secretos,
Pero que resultas madre esplendorosa para tus hijos
Siempre que llenen de monedas el tragamonedas, siempre que tengan un tragamonedas propio.

Mediante un exquisito sistema de exasperación
Se logra la leviatación de la pena, la conversión del hambre en canto, la mutación de las lágrimas en llamas
Hechos todos que no se explican sólo porque vivimos entre milagros.
Ése es el momento en que Aviábalos llega fatigado al final de la calle,
Donde nuevamente tropieza con el espejo,
Y allí le pregunta a su imágen si es inocente o bribón.
Te lo diré yo, Aviábalos, te lo diré con una sonrisa rechinante,
Te diré que eres como todo el mundo, bastante impostor y bribón,
Aunque simules sentir piedad por los miserables,
Te diré que no eres importante, sólo eres nada,
Pero que al ser nada estás en la mejor disposición para llegar a ser todo.

Oh, Aviábalos, en voz mucho mas baja te diré,
Que tu verdadero secreto está encerrado en tu mano derecha,
La que siempre llevas apretada y se mueve
Acompasadamente cuando marchas.
Si abres esa mano encontrarás una cosa muy pequeña, algo de lo que nunca podrás desprenderte,
Y al examinarla de cerca reconocerás en ella una forma perfecta,
Una forma indómita, inmaterial y concreta,
La forma única que condensa
Tu infinita y personal soledad.

ALDO PELLEGRINI

12.8.10

"Porque sueño no lo estoy. Porque sueño, sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo. Porque me asusta amar. Ya no sueño. Ya no sueño. A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar... te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira, que tú misma, me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí, una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad".