entre momentos que no existieron yo navega
acaricia gestos ausentes
se recuesta se retuerce
se estremece se espanta
enloquece
la expresión se torna inalcanzable
todo se escapa
todo se reintegra y se empecina en
convertirse en decadencia y lágrimas
extranjera es yo.
28.8.10
24.8.10
18.8.10
Para no ser esclavo de una única morada, para no ser esclavo de sí mismo, Aviábalos aceleraba el paso en busca ya no de la felicidad sino de la calma. Así avanzaba por la calle que conducía a su condena.
Oh Aviábalos, con la mayor inconsciencia marchas hacia el constante peligro de estar situado en alguna parte.
Sólo eres un efímero pasajero sin destino,
Por una calle casi sin nombre en una ciudad a la que sólo queda el nombre.
Oh ciudad bella como el aburrimiento, agotada para el asombro,
Que manejas asiduamente las maravillas de la mentira,
Ciudad que ocultas un vacío en el lugar donde se guardan los secretos,
Pero que resultas madre esplendorosa para tus hijos
Siempre que llenen de monedas el tragamonedas, siempre que tengan un tragamonedas propio.
Mediante un exquisito sistema de exasperación
Se logra la leviatación de la pena, la conversión del hambre en canto, la mutación de las lágrimas en llamas
Hechos todos que no se explican sólo porque vivimos entre milagros.
Ése es el momento en que Aviábalos llega fatigado al final de la calle,
Donde nuevamente tropieza con el espejo,
Y allí le pregunta a su imágen si es inocente o bribón.
Te lo diré yo, Aviábalos, te lo diré con una sonrisa rechinante,
Te diré que eres como todo el mundo, bastante impostor y bribón,
Aunque simules sentir piedad por los miserables,
Te diré que no eres importante, sólo eres nada,
Pero que al ser nada estás en la mejor disposición para llegar a ser todo.
Oh, Aviábalos, en voz mucho mas baja te diré,
Que tu verdadero secreto está encerrado en tu mano derecha,
La que siempre llevas apretada y se mueve
Acompasadamente cuando marchas.
Si abres esa mano encontrarás una cosa muy pequeña, algo de lo que nunca podrás desprenderte,
Y al examinarla de cerca reconocerás en ella una forma perfecta,
Una forma indómita, inmaterial y concreta,
La forma única que condensa
Tu infinita y personal soledad.
Oh Aviábalos, con la mayor inconsciencia marchas hacia el constante peligro de estar situado en alguna parte.
Sólo eres un efímero pasajero sin destino,
Por una calle casi sin nombre en una ciudad a la que sólo queda el nombre.
Oh ciudad bella como el aburrimiento, agotada para el asombro,
Que manejas asiduamente las maravillas de la mentira,
Ciudad que ocultas un vacío en el lugar donde se guardan los secretos,
Pero que resultas madre esplendorosa para tus hijos
Siempre que llenen de monedas el tragamonedas, siempre que tengan un tragamonedas propio.
Mediante un exquisito sistema de exasperación
Se logra la leviatación de la pena, la conversión del hambre en canto, la mutación de las lágrimas en llamas
Hechos todos que no se explican sólo porque vivimos entre milagros.
Ése es el momento en que Aviábalos llega fatigado al final de la calle,
Donde nuevamente tropieza con el espejo,
Y allí le pregunta a su imágen si es inocente o bribón.
Te lo diré yo, Aviábalos, te lo diré con una sonrisa rechinante,
Te diré que eres como todo el mundo, bastante impostor y bribón,
Aunque simules sentir piedad por los miserables,
Te diré que no eres importante, sólo eres nada,
Pero que al ser nada estás en la mejor disposición para llegar a ser todo.
Oh, Aviábalos, en voz mucho mas baja te diré,
Que tu verdadero secreto está encerrado en tu mano derecha,
La que siempre llevas apretada y se mueve
Acompasadamente cuando marchas.
Si abres esa mano encontrarás una cosa muy pequeña, algo de lo que nunca podrás desprenderte,
Y al examinarla de cerca reconocerás en ella una forma perfecta,
Una forma indómita, inmaterial y concreta,
La forma única que condensa
Tu infinita y personal soledad.
ALDO PELLEGRINI
16.8.10
12.8.10
"Porque sueño no lo estoy. Porque sueño, sueño. Porque me abandono por las noches a mis sueños antes de que me deje el día. Porque no amo. Porque me asusta amar. Ya no sueño. Ya no sueño. A ti la dama, la audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches cuando no sé qué camino de mi vida tomar... te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño sólo me quedan las cenizas de la mentira, que tú misma, me habías obligado a oír. Y la blanca plenitud, no era como el viejo interludio y sí, una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí, y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad".
9.8.10
8.8.10
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